Eduardo
No soy una de esas personas reacias a hablar con la gente. Si alguien me dirige la palabra, normalmente contesto, y si ese alguien da muestras de querer comenzar una conversación, no suelo rechazarlo, siempre y cuando tenga tiempo. En los autobuses, en el metro, haciendo cola en algún sitio... no es extraño verme hablando con desconocidos. Nunca me había preguntado de dónde me venía esta vena, pero hoy lo he descubierto: de mi madre. Había quedado con ella para comer y, cuando he llegado, la he visto hablando con un ancianito sentado en su mismo banco. Mi madre me ha hecho una señal para que me acercara y, cuando he llegado, me ha presentado:
- Mira, Carlos, te presento a Eduardo. Eduardo, éste es mi hijo.
Y Eduardo me ha tendido una mano llena de arrugas y con una sortija con una enorme piedra azul oscuro engarzada.
- Encantado- he respondido, sonriendo.
Mi madre me ha pedido que me sentara con ellos en el banco (hacía sol, la calle Conde de Peñalver relucía y la gente iba y venía, pasando por nuestro lado), y han proseguido su conversación, acerca de unas compañeras de residencia de Eduardo a las que el Alzheimer ha robado la memoria. Eduardo hablaba de manera animada, con expresión correcta que dejaba ver una buena educación. También su aspecto era, en cierto modo, elegante: unos pantalones de tergal, una americana gris, una camisa. Fue enfermero durante toda su vida y, aunque no es médico, podría serlo, porque ha hecho de todo a lo largo de su carrera. Tiene un solo hijo al que no ve desde hce cuatro años, después de que su relación se enfriara a raíz de un problema de herencias con su nuera, tras la muerte de su esposa. Murió hace diez años, dice, y cada día la echa un poco más de menos. Eduardo está enfermo y, por eso, se ha ido a vivir a una residencia, donde lleva su vida como le parece y, cuando la comida no le gusta, se va a comer por su cuenta a un restaurante cercano, en el que ya se ha hecho amigo de las camareras. Hoy es uno de esos días, y nos pide que le acompañemos, porque quiere darnos algo. Cuando llegamos, una de las camareras sonríe al verle, y nos da el regalo que Eduardo quiere hacernos: un rosario de plástico que brilla en la oscuridad. Él dice que le acompaña mucho. Así que nos despedimos, dándole las gracias, y salimos a la calle. Antes de irnos me da un pequeño consejo, como enfermero: que tenga cuidado con el sida y las venéreas, y me cuenta la historia de un amigo suyo, que fue a Estados Unidos a un congreso y tuvo una aventura con una chica que a la mañana siguiente se había marchado dejándole escrito en el espejo del baño del hotel la frase: "Tengo sida". su amigo murió y, desde entonces, siempre que ve a un hombre joven le aconseja precaución. Le encanta hablar con gente, sobre todo si es joven, y, antes de irnos, nos dice que tiene mucha suerte porque siempre encuentra gente buena.
- Mira, Carlos, te presento a Eduardo. Eduardo, éste es mi hijo.
Y Eduardo me ha tendido una mano llena de arrugas y con una sortija con una enorme piedra azul oscuro engarzada.
- Encantado- he respondido, sonriendo.
Mi madre me ha pedido que me sentara con ellos en el banco (hacía sol, la calle Conde de Peñalver relucía y la gente iba y venía, pasando por nuestro lado), y han proseguido su conversación, acerca de unas compañeras de residencia de Eduardo a las que el Alzheimer ha robado la memoria. Eduardo hablaba de manera animada, con expresión correcta que dejaba ver una buena educación. También su aspecto era, en cierto modo, elegante: unos pantalones de tergal, una americana gris, una camisa. Fue enfermero durante toda su vida y, aunque no es médico, podría serlo, porque ha hecho de todo a lo largo de su carrera. Tiene un solo hijo al que no ve desde hce cuatro años, después de que su relación se enfriara a raíz de un problema de herencias con su nuera, tras la muerte de su esposa. Murió hace diez años, dice, y cada día la echa un poco más de menos. Eduardo está enfermo y, por eso, se ha ido a vivir a una residencia, donde lleva su vida como le parece y, cuando la comida no le gusta, se va a comer por su cuenta a un restaurante cercano, en el que ya se ha hecho amigo de las camareras. Hoy es uno de esos días, y nos pide que le acompañemos, porque quiere darnos algo. Cuando llegamos, una de las camareras sonríe al verle, y nos da el regalo que Eduardo quiere hacernos: un rosario de plástico que brilla en la oscuridad. Él dice que le acompaña mucho. Así que nos despedimos, dándole las gracias, y salimos a la calle. Antes de irnos me da un pequeño consejo, como enfermero: que tenga cuidado con el sida y las venéreas, y me cuenta la historia de un amigo suyo, que fue a Estados Unidos a un congreso y tuvo una aventura con una chica que a la mañana siguiente se había marchado dejándole escrito en el espejo del baño del hotel la frase: "Tengo sida". su amigo murió y, desde entonces, siempre que ve a un hombre joven le aconseja precaución. Le encanta hablar con gente, sobre todo si es joven, y, antes de irnos, nos dice que tiene mucha suerte porque siempre encuentra gente buena.

