jueves, mayo 11, 2006

Eduardo

No soy una de esas personas reacias a hablar con la gente. Si alguien me dirige la palabra, normalmente contesto, y si ese alguien da muestras de querer comenzar una conversación, no suelo rechazarlo, siempre y cuando tenga tiempo. En los autobuses, en el metro, haciendo cola en algún sitio... no es extraño verme hablando con desconocidos. Nunca me había preguntado de dónde me venía esta vena, pero hoy lo he descubierto: de mi madre. Había quedado con ella para comer y, cuando he llegado, la he visto hablando con un ancianito sentado en su mismo banco. Mi madre me ha hecho una señal para que me acercara y, cuando he llegado, me ha presentado:
- Mira, Carlos, te presento a Eduardo. Eduardo, éste es mi hijo.
Y Eduardo me ha tendido una mano llena de arrugas y con una sortija con una enorme piedra azul oscuro engarzada.
- Encantado- he respondido, sonriendo.
Mi madre me ha pedido que me sentara con ellos en el banco (hacía sol, la calle Conde de Peñalver relucía y la gente iba y venía, pasando por nuestro lado), y han proseguido su conversación, acerca de unas compañeras de residencia de Eduardo a las que el Alzheimer ha robado la memoria. Eduardo hablaba de manera animada, con expresión correcta que dejaba ver una buena educación. También su aspecto era, en cierto modo, elegante: unos pantalones de tergal, una americana gris, una camisa. Fue enfermero durante toda su vida y, aunque no es médico, podría serlo, porque ha hecho de todo a lo largo de su carrera. Tiene un solo hijo al que no ve desde hce cuatro años, después de que su relación se enfriara a raíz de un problema de herencias con su nuera, tras la muerte de su esposa. Murió hace diez años, dice, y cada día la echa un poco más de menos. Eduardo está enfermo y, por eso, se ha ido a vivir a una residencia, donde lleva su vida como le parece y, cuando la comida no le gusta, se va a comer por su cuenta a un restaurante cercano, en el que ya se ha hecho amigo de las camareras. Hoy es uno de esos días, y nos pide que le acompañemos, porque quiere darnos algo. Cuando llegamos, una de las camareras sonríe al verle, y nos da el regalo que Eduardo quiere hacernos: un rosario de plástico que brilla en la oscuridad. Él dice que le acompaña mucho. Así que nos despedimos, dándole las gracias, y salimos a la calle. Antes de irnos me da un pequeño consejo, como enfermero: que tenga cuidado con el sida y las venéreas, y me cuenta la historia de un amigo suyo, que fue a Estados Unidos a un congreso y tuvo una aventura con una chica que a la mañana siguiente se había marchado dejándole escrito en el espejo del baño del hotel la frase: "Tengo sida". su amigo murió y, desde entonces, siempre que ve a un hombre joven le aconseja precaución. Le encanta hablar con gente, sobre todo si es joven, y, antes de irnos, nos dice que tiene mucha suerte porque siempre encuentra gente buena.

miércoles, mayo 10, 2006

El deporte nacional

Hoy me estreno en lo que se ha convertido en el nuevo deporte nacional. No es el fútbol, ni el baloncesto, ni el tenis ni el motociclismo, por mucho que Fernandito Alonso haga más anuncios que Anne Igartiburu. El nuevo deporte nacional es, nada más y nada menos, actualizar el blog desde el curro. Ésta es la primera vez que lo hago, y siento como un burbujeo de emoción al teclear frenéticamente en el ordenador mientras casi toda la plantilla de mi pseudo-revista-de-ocio está solazándose en frugales comidas bajas en calorías (acabo de escuchar a la administrativa disimular fallidamente un aullido de escándalo al escuchar algo acerca de las patatas del Burger King). Son poco más de las tres de la tarde, y hoy, miércoles, dies horribilis, hay que cerrar la edición. Con una de las redactoras embarazadísima y acatarrada, y, por tanto, de baja, el montón de carteleras de cine por introducir en la base de datos me causa una ligera sensación de angustia que queda rápidamente mitigada por el pánico que me produce ponerme a pensar en los próximos días: exámenes, trabajos, exposiciones orales. Mayo el horrible empieza su apogeo para, después, dar paso a Junio el extraño, un mes como en impass, con toda la realidad suspendida en torno a decenas de folios de apuntes que miras sin saber si considerarlos un enemigo externo o un órgano interno al que hay que acostumbrarse sin más, como un estómago sensible, un corazón acelerado o unos pulmones ennegrecidos por el tabaco.
Hoy hace buen día, y la luz de la sobremesa entra por la ventana entreabierta como una puñalada trapera. Pienso: y yo aquí, tecleando como un imbécil, cuando podría estar en un parque, o en una terraza, o en mi cama con la ventana abierta leyendo Jane Eyre. A mi lado, Hell teclea también, pero ella es más responsable, y está escribiendo una página de breves. ¡Horror! Llegó el remordimiento, y el montón de carteleras parece inflarse. Vuelvo a trabajar.

sábado, abril 29, 2006

Regresos

La parte prosaica de la vida me ha mantenido apartado del blog durante los últimos meses. Ahora regreso, y procedo a hacer una síntesis de lo que ha sido mi vida en este tiempo.

Acabaron los exámenes, pero no los desvelos. Primer cuatrimestre bien en términos generales. Nada más acabar los exámenes me ofrecieron prácticas en una revista madrileña de tamaño cuartilla dedicada al ocio cuyo nombre no voy a decir porque ya resulta demasiado obvio. El curro bien, cuatro horas diarias, metiendo conciertos, escribiendo sobre niños (me estoy convirtiendo en un especialista en ocio infantil) y viviendo el día a día de una redacción pequeñita pero matona. Me encuentro rodeado de mujeres por todas partes, con hijos o embarazadas, así que estoy familiarizándome con la familia y sus maravillas. Por lo demás, bien. El trabajo no es difícil, y creo que no lo hago mal, no está mal para empezar. Ahora he empezado a echar currículums en otros medios, a ver si hay suerte para el verano.
Éste ha sido probablemente uno de los periodos más productivos de mi vida en cuanto a lo literario. He leído mucho, sigo haciéndolo aún, y a mi pasión creciente y afianzada por Clarice Lispector tengo que añadir a Soledad Puértolas y a Jean Rhys. Jean Rhys es una escritora antillana que en 1966 publicó su gran obra, Ancho mar de los Sargazos, una recreación de la vida de la loca del ático de Jane Eyre, la mujer de Rochester. Un personaje fascinante, y un libro extraordinario. Leí Querelle de Brest de Jean Genet y no me gustó. Leí Días Memorables de Michael Cunningham y me gustó bastante. Muy bien el último de la Puértolas, y el de Andrés Barba, Versiones de Teresa, es bastante interesante. Os los recomiendo todos ellos, también el de Genet, por qué no.
En lo musical, un poco de todo: clásica y antigua, como Weiss o Corelli. También un disco de David Daniels cantando obras de Berlioz, fauré y Ravel que es una maravilla. Y las pasiones de Bach, y Gustav Leonhardt, al que fui a ver en Semana Santa tocar en el órgano de la Almudena (que para algo tenía que servir). He escrito un cuento y muchos artículos. Y hoy he ido a ver un espectáculo de danza oriental, y luego, junto con Beledi-Sexy, he entrevistado a dos de las bailarinas, dos superestrellazas norteamericanas. Un lujazo.Y poco más.
Prometo volver a escribir, y hacerlo más.
Os he echado de menos

miércoles, febrero 01, 2006

Vaqueros frente al espejo

El lunes fui, por fin, a ver Brokeback Mountain. Y me ha gustado, la verdad es que bastante. Reconozco que al principio estaba un poco reticente. Me habían hablado tanto bien como mal de la película. Y reconozco que, en todo caso, no es un film que pueda dejar indiferente. No es una historia al uso de ninguno de los géneros en los que se mueve. No es un western (transcurre entre los sesenta y los ochenta del siglo XX, y los protagonistas no son aguerridos cowboys aventureros, sino dos chavales desarraigados y pobres), ni una película romántica (el amor que aparece es demasiado imposible para considerarlo como tal) ni, como muchos pensaban, un subproducto gay. Los protagonistas son guapetes (aunque a mí Jake Gyllenhall me da bastante grimita), pero la acción sexual se reduce a una escena y media, bastante soft. En cambio, es un drama social con todos sus elementos. En el fondo, es mucho más polémico que todo lo anterior. Lejos de planteamientos optimistas, Ang Lee nos presenta un panorama desolador de las relaciones humanas y, sobre todo, de la capacidad de tolerancia de una sociedad que se mueve entre la miseria, la ignorancia y un código social muy estricto. Una capacidad de tolerancia que en esta sociedad se revela como nula. No pasaría nada, en el fondo, si la película se desarrollara en unos cronotopos de western clásico. Lo atrevido es poner el espejo delante de un mundo, el de la tan cacareada América Profunda, que no ha cambiado lo más mínimo. Cuando acaba la película, en 1983, el fenómeno gay era ya algo más o menos asentado en Estados Unidos. Stonewall (la redada de un bar gay, inicio de las reivindicaciones de los derechos de LGTB) había pasado hacía ya unos cuantos añitos, y Freddie Mercury, David Leavitt y tantos otros estaban viviendo su homosexualidad como algo más o menos normalizado. Por eso choca tanto esta historia.

La pregunta que me hice al acabar la película fue: ¿han cambiado tanto las cosas?. España, avanzada socialmente (con la famosa ley de matrimonios), todavía conserva algunos bastiones de la resistencia moralista que considera a la homosexualidad como una disfunción y, en ocasiones, como una patología. Basta con remitirnos a los comentarios de la COPE (lo siento, no me gusta cargar contra los medios, pero los comentarios de Cristina López Schlicting y de J.Lo son para oírlos) o a la “clase magistral” que impartió el “prestigioso” psiquiatra Aquilino Polaino ante un regocijado grupo parlamentario. Cambiemos por un momento Texas y Wyoming por otras dos localizaciones, por ejemplo, los campos de Burgos, de Palencia (mi pueblo paterno) o de Albacete, y preguntemos a sus habitantes por su opinión acerca de dos rudos agricultores que comparten una granja y por la noche se hacen arrumacos. Sinceramente, me cuesta ver una respuesta positiva. Por tanto, ¿qué no ocurrirá en América la inmensa, en Estados Unidos, en sus kilómetros y kilómetros de llanura y montañas interrumpidos sólo de vez en cuando por algún pueblecillo en el que, por iniciativa popular, en las escuelas los niños aprenden el Génesis en lugar de las teorías de Darwin?

Brokeback Mountain habla de esos casos en los que la sociedad no es un ente abstracto, sino un conjunto de mentes, de palabras y de gestos que pueden arruinar vidas. Los protagonistas acaban hundidos en la infelicidad, a causa de los prejuicios que, más que en los demás, están en su propio pensamiento, siendo un enemigo disfrazado de conciencia. Habla de las cosas que, al final, son las que verdaderamente dan sentido a las cosas: un breve verano en las montañas, con el amor como única compañía. En eso es en lo que esta película se diferencia de tantas otras que, desde otros puntos de vista, tratan estos temas. Hay que ser valiente para construir una metáfora, pero, más aún, para obligar al mundo a mirarse en el espejo. Y si, además, se hace con talento, buenos actores, ninguna cesión al sentimentalismo (ahí se estrellarán sus detractores) y un sentido estético impecable, tendremos, en mi opinión, la película más profunda, bella y dolorosa que ha salido de Hollywood desde Las Horas.
(y me encanta la decisión de incluir en la Banda Sonora un par de canciones de Rufus Wainwright, no podía ser de otro modo)

martes, enero 31, 2006

Cambios

Lo sé, hace mucho que no publico nada. He estado planteándome un nuevo proyecto, que al final me he decidido a emprender. Se llama http://worldreporter.blogspot.com y es un blog que he abierto, con otro nombre, para publicar cosas más periodísticas, artículos y reportajillos que haga sobre los temas que se me ocurran, principalmente de tipo social. Espero que le echéis un vistazo de vez en cuando. De todos modos, seguiré publicando aquí, pero cosas más personales.
Un saludo a todos

sábado, diciembre 24, 2005

Feliz navidad


Siguiendo el ejemplo de Crispa días atrás, hoy me he puesto a pensar en todas las cosas que he hecho este año que acaba... aquí va mi lista:
- He sobrevivido a un curso terrible en la facultad.
- He cumplido un año con Iván.
- He estado en Egipto, Inglaterra y Francia.
- He hablado inglés, francés y he regateado en una mezcla de todo ello.
- He cogido cuatro aviones y he pasado 10 días viajando en autobús.
- He escrito otro cuento y he descubierto la forma de escribir más.
- He presentado mis poesías a un concurso.
- He asumido la dirección de una sección del periódico de la facultad.
- He hecho voluntariado por primera vez en mi vida.
- He recuperado la fe en la universidad (al menos una parte)
- He descubierto a Proust, Clarice Lispector, Virginia Woolf, David Leavitt, Philip Roth, Katherine Mansfield, Soledad Puértolas, Naguib Mahfuz y Jaime Gil de Biedma.
- He descubierto a Benjamin Biolay, Antony and the Johnsons, Adriana Calcanhotto, Tom Jobim, Niza, Vacaciones, Cola Jet Set, Roberta Marrero, La Prohibida, Camille, Patrick Wolf, David Gray, Jay Jay Johanson, Astrud (un poquito), Amalia Rodrigues...
- He estado en dos conciertos de Fangoria y en otros dos de las Nancys Rubias (aunque estos últimos no sé si recordarlos u olvidarlos).
- He ido al Contempopránea.
- He ido a Sandoval.
- He ido al primer taller de escritura útil de mi vida.
- He empezado a usar InDesign y FreeHand.
- He escrito en el blog más que nunca.
- Me conozco un poco mejor.

Y más cosas que iré poniendo a medida que me acuerde.

Feliz Navidad a todos

Imagen: Khárlós

lunes, diciembre 05, 2005

Poéticas de la enfermedad



Hace un par de años estuve haciendo un trabajo acerca de poesía erótica para una clase de Movimientos Literarios que impartía en mi facultad un profesor que consiguió contagiarme del entusiasmo por el decadentismo, el esteticismo y toda esa rama de la literatura que tanto desprecian los que se dicen apóstoles de la realidad “tal cual es”. Descubrí a Gil de Biedma, a Pablo García Baena, a Pere Gimferrer, a Antonio de Hoyos y Vinent... es uno de esos casos en los que un profesor ejerce como tal. Como digo, hice para él un trabajo acerca de literatura erótica contemporánea y, para ir entrando en ambiente, leí un libro apasionante e interesantísimo que se llama La poesía erótica en los Siglos de Oro. El capítulo que más me llamó la atención fue uno dedicado a la “poesía de la sífilis”: se trata de un subgénero que, en letrillas y romances, desarrolló desde el punto de vista lírico y satírico la presencia social de esta enfermedad de transmisión sexual. Y es que estaba muy presente. Grandes literatos, aristócratas, artistas y políticos de la época la sufrieron. De hecho, era una enfermedad muy grave que hoy tiene cura, pero que en aquella época era de una alta mortalidad. En resumen, una especie de equivalente del sida. Y me puse a pensar si, hoy día, hay algo parecido a una poesía o literatura del sida en nuestros días. Hay, principalmente, autores que lo tratan, casi siempre desde la temática gay, como David Leavitt o Michael Cunnigham. Y es que resulta difícil escribir sobre homosexualidad en los últimos 20 años sin tener en cuenta esta enfermedad, el “castigo de Dios a los sodomitas” según los integristas bíblicos y coránicos. Pero, volviendo a la literatura, siempre que se escribe sobre ella, se hace de un modo mucho más apocalíptico que el de aquellos que escribían sobre la sífilis hace 300 años. En un mundo en el que tantas cosas se curan, la presencia de este elemento silencioso e inevitablemente asociado con conductas que muchos pueden considerar reprobables o merecedoras de castigo es un enemigo subterráneo que da miedo, que desconcierta y que tambalea las bases en las que hemos asentado la sensación de seguridad necesaria para vivir. Susan Sontag ya lo trató en La enfermedad y sus metáforas. La enfermedad unida a la culpa que está ausente, por ejemplo, en el cáncer o la malaria. Como la sífilis, hoy sólo un control rutinario que se hace junto a las pruebas de VIH. Y, por cierto, hoy he ido a hacérmelas. Y tenía razón Alfredo, no es algo tan terrible. Lo terrible es pensar en toda esa gente que no puede hacérselas, y que va a morir por ello.
Imagen: East River, de Georgia O’Keefe